Me he acostumbrado a las malas
noticias. Mi mente ha aprendido a plantear el peor escenario posible, y por
desgracia, en bastantes ocasiones no me he equivocado. Ya he hablado de esto
anteriormente, no es nada nuevo. La novedad en mi modus operandi es que he dejado de buscar un por qué. Me he dado
cuenta de que no lo hay. Intento no martirizarme buscando esa razón lógica que
me responda a la gran pregunta: ¿Por qué a mí? ¿Cuál es la probabilidad de
tener un cáncer con mi edad? No hay componentes genéticos conocidos, mi estilo
de vida no es tan malo como para justificar la existencia de un tumor, no me he
expuesto a demasiados productos cancerígenos en mi ambiente laboral; ni
siquiera podría atribuírselo a ninguna maldición o hechizo de una bruja. Será
cosa del destino. Hablemos del destino.
Amor fati. “Amor del destino”.
Un buen amigo a menudo usa esa expresión cuando le cuento mis penas, y en los
últimos meses, por desgracia, me la ha dicho bastantes veces. Amor fati es una actitud que a mi modo
de ver es la única manera de encajar el exceso de desgracias en la vida. Según
esta teoría, todo lo que sucede, incluida la amargura y las pérdidas, hay que
verlo como algo positivo, ya que forma parte de un proceso, cuyo destino final
es algo bueno.
Recuerda un poco a la teoría de
Frankl en su libro “El hombre en busca de sentido”, que las personas en los
campos de concentración podían soportar condiciones extremas de sufrimiento si eran
capaces de encontrarle un significado. No importa la genética, ni la juventud,
ni la fortaleza; lo que importa es saber encontrarle sentido al sufrimiento. No
pretendo compararme con las víctimas del Holocausto, ni mucho menos, pero en lo
que a mis desgracias se refiere, es muy difícil encontrarle significado al
dolor, sobre todo cuando éste es tan intenso, tan agudo, que lo único que
apetece es cerrar los ojos y esperar a que pase.
Es complicado aplicar este
término a toda mi vida, y más contando que el futuro es impredecible y mi
objetivo final aún está por determinar. Pero el pasado 2016, que por suerte ha
quedado atrás, ha sido mi ejemplo perfecto de “Pequeño Amor Fati”.
Han sido meses muy dolorosos, en
los que le vida me ha dado golpes duros, algunas veces tan seguidos que ni
siquiera he tenido tiempo de coger aire para esperar al siguiente. Yo, que
vivía convencida de que el mundo, o al menos mi mundo, era un lugar agradable y
que a las personas buenas les pasan cosas buenas. ¡Qué ilusa!
Mi balance: ya que la cosa va de
términos latinos…Annus horribilis. Entre esos golpes, que también recibimos los
que nos consideramos buena gente, está el cáncer. Aceptar una enfermedad, que
está avanzada en el momento del diagnóstico por el tamaño del tumor y un
ganglio centinela positivo, que hay que recibir quimioterapia con todos y cada
uno de sus efectos, que la operación será radical y que, además, hay que quitar
los ganglios en busca de metástasis. Qué palabra más horrible.
Mis posibilidades de resultados
ganglionares eran todos malos: macrometástasis, micrometástasis o células
aisladas. En ningún caso me planteé la posibilidad de que salieran limpios ya
que, como he dicho, me he acostumbrado a las malas noticias, y la sombra del
centinela positivo rondaba por mi cabeza permanentemente. He llegado a estar
tan obsesionada con las metástasis ganglionares que recuerdo haber soñado que
me habían extraído veintisiete y los resultados de anatomía patológica decían
que había afectación en veintinueve. ¡El colmo de la desgracia es que los
ganglios afectados se multipliquen fuera del cuerpo…!
Unos días antes de que acabara el
año, llegó el informe de anatomía patológica. Los resultados del análisis del
tumor no merece la pena comentarlos mucho. Era un tumor, eso ya se sabía.
Medida final, 1.5 cm ;
no respondió muy bien a la quimio ni ha habido remisión completa, pero ya no
eran los casi 3 cm
iniciales. Algo es algo.
Lo importante, la causa de mi
angustia, los ganglios. No había veintinueve afectados. Ni siquiera habían
extraído tantos en la operación. Me habían sacado quince y el informe del
patólogo ponía, textualmente, “SIN EVIDENCIA DE INFILTRACIÓN TUMORAL”. Un
escenario que no había contemplado, una buena noticia por fin. Y encontré el
significado a este año. El 27 de diciembre, por poco no llego. Todos mis sufrimientos
tuvieron un sentido: ser consciente de que soy afortunada dentro de mi
desgracia. Me voy a curar. Cuatro
palabras que justifican todas y cada una de las lágrimas.
Este año que hoy empieza lo hago
con el pelo corto, con quince ganglios y una teta menos y con una cicatriz muy
grande, pero también empieza sin tumor, sin cáncer, sin células ávidas de
dividirse para matarme.
Este es mi nuevo destino, y éste
sí me gusta. Amor vitae.